Te miro mirar

miércoles, 13 de marzo de 2013

AUTOBIOGRAFICO


Me despierto sobresaltada. En el sueño, mi anterior barrio, en Burzaco. Un auto blanco deportivo muy rápido y furioso. Lo vemos pasar y comento con las gentes lo loco que está el conductor, mientras lo vemos gambetear coches en la lejanía, cual video game. En una maniobra ídem, pega la vuelta. Sorpresiva, nos estremece. No hay tiempo para pensar, mucho menos para escapar. En un segundo, me atropella. Vuelo por los aires.

Mañana ambivalente. Primera clase de la materia a la que me inscribí porque no me gustaba el nombre. Los primeros veinte minutos pienso –del profesor- que que tipo pedante. Pasan veinte más y me parece genial.  Hay gente que necesita ser agresiva para presentarse. Habla de ciencia y tecnología. Cuenta anécdotas. Claramente, eso le suma puntos a favor. Utiliza mucho la muletilla “zona gris”. Habla de una situación hipotética en una morgue y me obliga a anotar en mi cuaderno la frase “vamos a divertirnos un rato, a empezar a cortar nucas”.

Mi amiga Ceci me manda un mensaje de texto. Está en Mar del Plata con Taty Almeida yendo a un juicio por crímenes de lesa humanidad. Le respondo que le mande un beso, que que grande Taty. Que grande Ceci.

Dos veces desayuno. El frío está hermoso. Me subo el cuello de la campera y llego al trabajo cantando “que he sacado con quererte ay ay ay”. También lo pienso.

Llamo a un paciente. La señora se sienta. Me dice “habemus papa”, me pasa la orden y la credencial. Como trabajé dos años y medio en otro sanatorio, pero de monjas, ni me inmuto. Habemus papa, dios te bendiga, él es la salvación, todo lo interpreto como un hola qué tal. Así que digo, “hola ¿qué tal?” y la ingreso en el sistema. Termino, y la señora se va sin decir nada.
Llamo a un paciente. Se sienta ella:
- Bergoglio.
La miro.
- Bergoglio - repite - No lo puedo creer, Bergoglio es papa.
Me río. Nerviosa. Por segundos no se me escapa un “¿vos me estás jodiendo?”. Ella comparte:
- Menos mal que no soy católica. Mi hermana debe estar como loca.
Pienso “tengo que llamar a mi mamá”. Le digo:
- En cualquier momento me llama mi mamá.
- Yo le acabo de mandar un mensaje a mi hija. – me responde.
Nos miramos, anonadadas. También agradecidas. De habernos cruzado entre nosotras.
-Es que –intento- no les interesa cambiar.
¿Qué estoy diciendo?
- A la iglesia no le interesa avanzar.
- Avanzar no, ¿pero retroceder así?
Me mira sin saber qué responderme. Ingenua. Estúpida. Las malas noticias me ponen ingenua.
Ella se va. Me deja sola.

En su oficina, la supervisora habla por teléfono.
- ¡No llores! – exclama al del otro lado.
Una compañera dice que “tenemos papa”
Otra le responde que “no tenemos papa, el papa es de todos”.
La primera esgrime que es distinto porque “este es argentino, es nuestro”.
Otra se le ríe “¡pero si vos no sos católica, sos evangelista!”.
Dejo de oír.

La supervisora le explica al supervisor:
- La llame a mi mamá porque ella sabe de estas cosas. ¡Estaba llorando pobre! Porque dice que Cristina lo odia a este tipo. ¡Se emocionó!
Estas son las situaciones en las que una no sabe qué pensar. Estúpida. Ingenua.
Parada junto al marco de la puerta, me desasna:
- Estaba contenta, pobre.

Más tarde, otros dos repiten el comentario.
- Se deben querer morir porque este tipo siempre critica a los K y están enfrentados con él.
- Si, pero no jodamos, que esta gente es terrible. Mientras no armen un golpe de estado, no te olvides…
- Le van a hacer la vida imposible.
(¿Le van?)
- Igual me emociona. Mirá! Ya está con el disfraz.

Antes de irme, paso por el costado de uno de los carritos de limpieza. Las chicas comentan. “Yo no sé en qué asunto estuvo él, pero parece que ella ya salió a dar un discurso y le dio palos”.
Escuchan, mientras limpian, “Pero me acuerdo de ti”, de Christina Aguilera.

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