Te miro mirar

lunes, 21 de enero de 2013

RED DE LOCURA ENVASADORA


En mi familia no hay grandes secretos. No tenemos rituales privados  ni códigos internos dignos de mención.
Tampoco es que seamos gente obvia, mucho menos explícita. Tampoco es que nos digamos todo en la cara, ni que hablemos de lo que hay que hablar.
Pero secretos, lo que se dice secretos, rituales que se transfieren sin saber por qué, tradiciones  inamovibles; eso no.
Lo que sí hay es un objeto que nos hermana a todas las mujeres. Lo que sí hay es un objeto que está ligado a una parte esencial de nuestra vida. Un objeto que muta y se permuta.  
No es casual que en mi familia uno de los objetos más valiosos sea aquel cuya particularidad más particular es la de ser un objeto transferible.
Al final, no éramos tan incoherentes.  

(Antes que nada, quiero aclarar  que me asesoré con la página de La Fundación del Español Urgente, cuya recomendación me ha dejado absolutamente tranquila:

18/09/2012 - Recomendación
Táper, adaptación española del anglicismo tupper
En España, con motivo del comienzo del curso escolar y de las dificultades económicas de muchas familias para hacer frente a los gastos de comedor, distintas autoridades han recomendado a sus escolares que se lleven la comida de casa, y en las informaciones relacionadas con esta cuestión se ha podido ver escrita la palabra táper de distintas maneras: tupper, túper, tóper, taper o táper.)

Yo pensaba que era normal tener infinidad de recipientes herméticos, hasta que me di cuenta que en las casas de los demás se guardaba la milanesa así, sobre el plato, se dejaba el fiambre envuelto en el papel gris, se cerraba el paquete de galletitas con una gomita elástica.
En casa había tápers de todos los tamaños y colores. Los que se usaban para una cosa no se mezclaban con los que se usaban para la otra. Perder una tapa era sacrílego. Ponerle la tapa de uno a otro, un error difícil de resarcir.

No recuerdo el momento en el que descubrí de dónde venía todo eso. Por supuesto, quien había ideado esta obsesión macabra era la mente siniestra de mi abuela Amelia. Ahora que lo analizo, todos los indicios lo indicaban:
*obsesión pasajera –aunque en este caso la temporalidad se extendió- hacia una persona o cosa,
*creación de un universo momentáneo, cuyas reglas pasen a regir la vida toda,  
*incitación a formar parte de ese universo, a todas las personas que la rodeaban.

Revisándole los cajones a Amelia podía encontrar verdaderas joyas de la época dorada del táper.
Había extraños portas-todo. Había bizarros pastilleros. Recuerdo uno ínfimo, con una cadenita, que presumo se podría usar de llavero. Yo estaba en esa época en la que las nenas amamos cualquier cosa de la vida real cuyo tamaño fue llevado a una escala liliputiense: no lo diminuto, sino lo empequeñecido.
Estaba el maravilloso escurridor de lechuga, cuyo apogeo alcanza nuestros días. Desparramados, folletos sobre cómo ser una revendedora estrella, la mejor anfitriona. Premiaciones que daban fe de que Amelia había alcanzado ese rango: trofeos de lata y prendedores. 
Es que las anfitrionas (¿existe palabra más forra?) de táper de hace unas décadas, hasta tenían un uniforme y hacían sorteos con regalos. Sus reuniones se debían llamar así, y no meetings, como seguramente ahora se llamen, pero fuera de eso, la historia no ha cambiado. Para muestra basta un botón.

Mi madre enarboló la bandera del táper con entusiasmo. Perfeccionó el universo que Amelia había confeccionado. Ahora que lo analizo, todos los indicios lo indicaban:
*capacidad de organización y prevención,
*enamoramiento hacia el detalle y la simetría,
*sistema renovable de almacenamiento de los dispositivos de almacenamiento.

Silvia llevó la invención de Amelia a otro nivel. Siempre obsesionada con instruirme sobre cómo retirar la tapa y cómo cerrarla porque no todas las tapas son iguales (y tan es así que en la mismísima página de táper te enseñan cómo según el tipo de tapa – sí, no lo creerán, pero enumeran siete tapas distintas, haciendo distinción entre sellos y tapas, esto ya me excede- el sistema de cerramiento varía), sobre cómo cada tamaño aporta nuevas posibilidades de almacenamiento. Fue ella también quien me instruyó en sofisticaciones tales como el aparato para hacer hamburguesas, el que tiene un escurridor abajo para que tu carne no se ahoge en su propia sangre, o el molde para armar empanadas.

El otro día, enumerando las virtudes de uno de los mios, codiciando uno ajeno, o cuidando excesivamente de no rayar con un cuchillo aquel otro, me di cuenta cuan unida estoy a esta red de locura envasadora.  




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