Te miro mirar

sábado, 5 de enero de 2013

EL ENCANTO DE LO INCONCLUSO


XIII

Como dos espejos pegados entre sí: abren nuevos espejos donde se repiten cara-fondo, fondo- cara y, si desafiamos la convexidad, la cara desparece. Así me siento entre Marina y La Típica.
Intento leer. Ellas conversan.
La charla con Marina de la noche anterior me dejó pensando. Se me ocurren varias imágenes comunes que emulan mi situación: el último canapé que nadie se atreve a morder, una media suelta en el fondo del cajón, un lápiz sin punta, un bretel a punto de descocerse. Objetos desconcertantes. Objetos que implican una decisión. Pero estos objetos provocan, pienso. ¿Yo, provoco? Solo a través de los demás puedo ver mi deseo. Vislumbrarlo. Vislumbrar es cuando ves, pero con los ojos entrecerrados, como si hubiera viento o te costara alcanzar lo que está lejos.“A través de la afirmación del deseo ajeno vislumbro mi deseo personal”. Eso. “A través de la negación del deseo ajeno noto la ausencia de mi deseo personal”. Pero en este caso el mecanismo se detiene ahí: solamente la ausencia de deseo, nada para ubicar en ese lugar vacío. Claro. “La afirmación de una cosa siempre es la negación de otra”.
Como si me hubiera escuchado, Marina dice:
- Soy graciosa, pero no soy alegre ni felíz, eso pone incómodas a las personas.
No estaba escuchando la conversación que mantenían, pero comienzo a prestar atención.
La Típica responde:
- Soy solitaria, pero formé una familia. La soledad tampoco es conveniente.
-Ganaste hija de puta.
Marina me mira mirar y aclara:
-Jugamos a las contradicciones. ¿Jugás?

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