Te miro mirar

martes, 25 de septiembre de 2012

LEY 57.987

Siempre que reclames que te respondan, la respuesta que recibas será mil veces peor que la angustia que experimentabas cuando no te contestaban.

CONDUCTA DE PATRONES III

El tercero fue R.
R. era un coleccionista de cosas beatles, creo que con eso digo mucho. Su local en el Paseo La Plaza evadía -evade, supongo- impuestos a morir. No sacábamos una factura por nada del mundo, a las mesas les cobrábamos con un papelito hecho a mano. La gente pagaba, sin excepción, entrada por entrar y  consumición por consumir. Los sábados había cuatro o cinco funciones entre stand ups y bandas de mierda, por lo tanto la recaudación era inmensa.
A las camareras nos pagaban por comisión: depende de cuánto vendiéramos cobrábamos un determinado porcentaje. Además de ese porcentaje, por día ganabas treinta pesos fijos, lo mismo que te salía una birra en un bar. Por ende, la papa era vender.
R. tenía mucha plata, pero vestía tan mal. Usaba unas camisas cuasi hawaianas que no dejaban de sorprenderme por su fealdad. Parecía salido de otra época, pero no podría precisar cuál: la época en la que la gente se vestía con ropa horrible quizás.
La hacía muy bien R., casi ni figuraba, jamás se dirigía a sus empleados. Para hacer el trabajo sucio tenía a su mano derecha, un pelado cuyo nombre resetié de mi mente. Solo recuerdo su apodo: Random. Casi que él mismo se había bautizado así el día que encontró a varios compañeros míos fumando en camarines y sentenció seriamente -o parecía convencido de ello- que "de ahora en más voy a estar en random", lo cual significaba que iba a aparecerse a cualquier hora, en el momento menos pensado, para controlarnos. Por supuesto que todos los momentos pasaron a ser "el menos pensado" y por supuesto que Random, que con esta amenaza estaba casi anulando su accionar, mantuvo su estado aleatorio por poco más de una semana.
Porque la persecución es la mejor amiga de un (mal)jefe. Es infalible y los exime de actuar. Al mismo tiempo actúa como una especie de "yo te avisé", un triunfo maligno que genera que, si alguna vez se constata que te mandaste una verdadera cagada, esa cagada representará al millón de cagadas que te debés haber mandado.
Random entraría en la categoría supervisores, uno de los peores que conocí. El tipo se sentía el dueño, por lo cual deducíamos que cobraba mucha plata. Si te tocaba trabajar a la mañana en el café de al lado, propiedad de R. aussi, lo encontrabas desayunando junto a su notebook cual accionista de Wall Street controlando sus acciones. Era un tipo frío, no se reía mucho en el trabajo. Parecía tomarse todo muy en serio, hasta lo más ridículo. Utilizaba mucho la primera persona del plural, para acciones de las cuales claramente él no iba a participar. Utilizaba expresiones pseudo-policiales o mafiosas -¿existe alguna diferencia?- como “vamos a implementar”, “a partir de ahora la metodología será”, “es  importante que tengan una respuesta positiva”, “¿nos entendemos?”.
Era muy alto y cuando te hablaba te tocaba el hombro.       
Existían otros encargados de menor rango: la copadísima que te pedía todo con una sonrisa y se iba a tomar birra con vos a la salida -que no entendías cómo había sobrevivido tanto años ahí-, el negro racista que no perdía oportunidad de ser desagradable, el centroamericano explotado –si es que era posible ser más explotado aún que todo el resto de nosotros- , la gorda resentida de la vida que disfrutaba haciéndote sentir una basura y algunos personajes más porque, como en cualquier negocio de ese estilo, los empleados íbamos y veníamos como maleta de loco.
Para renunciar, le mandé un mensaje de texto a la gorda resentida. "No voy más, adónde te mando el telegrama?"
 

martes, 11 de septiembre de 2012

JOCOSO

Jamás
Jurisprudencia
Jalar
Jengibre
Jazz
Jónico
Jugar
Jusque
Justicia
Jungla
Jardín
Joven
Jamón
Jorobado
Jején
Jerarquía
Jamás
Jaguareté
Jadeo
Jaén
Jacarandá
Jaleo
Jazmín
Jeringa
Jirafa
Joropo
Jugoso
Junco
Juntos

CONDUCTA DE PATRONES II

Los segundos fueron tres: L., N. y R. Hermanos.
L. fue el mejor jefe de mi vida. Claro ejemplo de que con picardía la vida es mejor.
L. podía hacerme barrer la vereda, pedirme que le vaya a comprar puchos al kiosco, yerba al supermercado o que le entregue un pedido porque el delivery se había atrasado. Podía pedirme casi cualquier cosa porque a cambio yo tenía una oreja dispuesta a escucharme, una ayuda siempre que la necesitara, comprensión cuando las cosas se complicaban y una complicidad innata desde un principio y hasta el final. Ustedes podrán decirme “en mi barrio eso se llama ser obsecuente”, pero les juro que no, L. me trataba bien.
Aunque todas estas características no eran lo que mejor me caía de él, porque lo realmente mejor de L. eran sus historias. Para todo tenía una. Dada la impresión de que había estado en todos lados y con todo el mundo. La primera que se me ocurre –aunque dudo su completa fidelidad en los vericuetos de mi memoria- transcurría en el sur del país e involucraba a unas prostitutas que compartían el mismo edificio con él y le habían obsequiado una televisión -¿?-.
Me acuerdo de cómo limpiaba sus anteojos, de cómo se paraba y miraba por la ventana con las manos en la cintura y de su risa, tenía una risa muy cálida.
En los dos años que trabajé con él –quizás esa sea la diferencia entre un buen y un mal dueño: sentir que se trabaja con o para- no dejó de burlarse de que no me duraran los novios,  escuchamos desde supertramp hasta aquelarre, hablamos de cocina, de cine, de política –L. era radical a morir, y siempre terminábamos discutiendo- y nos reímos mucho.
N. y R. no eran tan geniales. N. tenía una actitud a la defensiva con las mujeres en general. O eso decidí creer para no tomarlo como algo personal. N. no era una mala mina pero no servía para manejar personal. Muchas veces los dueños no asumen que ser dueño no significa saber manejar personal y no saben correrse a un costado, o aprender.
N. era distinta cuando estaba con R. Era como una niña tratando de superar a su hermano en picardía. Era, como toda competencia, divertida hasta que se hacía feroz. Porque R. era un tipo difícil. R. no tenía medias tintas. O estaba cagándose de risa o sumido en la más profunda depresión.
La más grande preocupación de R. era la guita. Para él, comprar un detergente de marca era perder plata, comprar un queso de mejor calidad era perder plata, mandar a hacer folletos era perder plata, tener más empleados era perder plata, mejorar el aspecto del negocio era perder plata. R. tenía una actitud entre distante y canchera. Cuando te preguntaba algo, aunque fuera lo más banal del mundo, parecía estar poniéndote a prueba. Se reía cómplice con N. y usaba mucho la expresión “nada, nada” entre risitas, como un adolescente. Cuando estaba en estado depresivo nadie se animaba a  hablarle. Se agarraba la cabeza y resoplaba, apoyado en el freezer. Te llamaba “negra”, ibas y te pedía alguna boludez o te decía “nada, nada”, pero ésta vez era un “nada, nada” que te incitaba a pensar que estabas incurriendo en alguna falta.
Una vez me dijo que estaban pensando en echarme porque había llegado tarde dos veces en una semana. Y eso era perder plata. Me pagaban por hora: ganaba exactamente lo que trabajaba, ni un centavo más ni un centavo menos y trabajaba no más de cuatro (¡cuanto extrañé eso más adelante!). Pero eso era perder plata
Me terminé yendo de aburrida nomás. El último sábado que trabajé, L. me acompañó, como siempre, a sacar la bici por la puerta grande. Me dijo que tuviera cuidado cuando cruzara la barrera.

SIEMPRE DISCUTIMOS LAS MISMAS COSAS

A propósito de la obra de teatro que vi ayer...



Una peli que, de alguna manera, había olvidado.

sábado, 8 de septiembre de 2012

CONDUCTA DE PATRONES I



El primero fue H.
H. era un new rich. Cuando lo conocí, recientemente había cambiado a su mujer por un modelo más nuevo. Había adquirido el paquete completo y salía con una flaquita copada con dos hijos. Cuando iban al negocio, a ella le costaba hacerlos salir de la cocina, obligarlos a que ese mundo - siempre más divertido- les resultara ajeno y prefirieran el afuera, sea lo que sea que ello significara.
H. prefería la milanga con papafritas pero debía demostrar adulación hacia el sushi, el palmito, el camarón, o lo más caro que hubiera a mano. Se encerraba horas en su oficina. Un sucucho inmundo como toda oficina de dueño, un reducto escondido detrás de –casualmente- el lugar donde todas sus empleadas nos cambiábamos.
Si H. te veía sin hacer nada te mandaba a sacar la basura o, en el mejor de los casos, te hacia una pregunta en tono amenazante como para que vos te des cuenta y empieces a hacer alguna boludez, pero alguna, algo, que te vea moverte. Porque con H. aprendí que si un patrón  te ve más de 5 minutos sin moverte significa que te está pagando para no hacer nada, y si te está pagando para no hacer nada es porque no te necesita.
Con H. también aprendí que un buen patrón nunca sabe el nombre de nadie, y si lo sabe disimula.
Algunas de mis compañeras, empleadas de larga data, lo alababan cual devotas. Lo abrazaban como se abraza en navidad a un tío con plata. Con los pibes de la cocina tenía esa actitud de camaradería, esa cosa canchera, esa hipocresía de ponerse en el lugar del otro, de preguntarles por sus hijos y mujeres para no escuchar la respuesta, de hacer de cuenta que entendía de qué le estaban hablando. Es que H. no daba la sensación a primera vista de ser un tipo con mucha guita. Su apariencia era sencilla, su porte vulgar.
Cuando H. iba a cenar al negocio y se sentaba en tu sector tenías que tener mucho cuidado. Era preferible descuidar al resto de los clientes antes que a él. O sea, perder muchas propinas en pos de ninguna.
Sobre H. circulaba una historia. Se decía que había comenzado su prolífica carrera vendiendo esponjas a domicilio en su modesto cochecito. No sabíamos bien cómo había terminado siendo dueño de los locales gastronómicos –y no- más promisorios de Adrogué.
Otra historia contaba que la forma de seleccionar a las empleadas era poniéndoles puntaje cuando iban a entregar su currículum. Sinceramente, hasta que no lo vi no lo creí.  
Colaboraba con H. en su colosal tarea una raza que llegaría a conocer en profundidad: la de los encargados. Los encargados –también llamados supervisores, coordinadores y demás eufemismos- son aquellas personas que cobran un poco más que el empleado común. Porque los encargados de común no tienen nada, son gente bastante particular en distintos sentidos. En esta primera experiencia disfruté de una amplia gama: el que invierte en el negocio y es como un jefe con onda, el sufrido que se pone la camiseta a morir y nunca recibe nada a cambio, el banana que es casi un sobrino del jefe y trae a sus amigos a tomar birra gratis, el perfil bajo que no te defiende de nada pero te hace sentir tranquila, el pajero que no puede hacer más que ser pajero porque su pajerismo absorbe todo su ser.
H. nos tenía a todas en negro, en su mundo no existían el aguinaldo ni las vacaciones y pagaba dos pesos la hora en una época en la que los puchos salían casi cuatro. Me acuerdo de trabajar dos horas y pensar “ya casi tengo los puchos”. Tristísimo. Alegaba para justificar semejante choreo que con las propinas uno duplicaba el sueldo.
Renuncié un domingo. Tomó mi renuncia uno de los encargados –el sufrido-. Me acusó de romper a propósito la noche anterior una caja de copas entera que subía por las escaleras. Las copas se me habían roto de lo nerviosa y aturdida que estaba. Apenas renuncié, me metí en la cocina para saludar a los pibes. Cuando me abrazó Tito me puse a llorar.

martes, 4 de septiembre de 2012

EL ENCANTO DE LO INCONCLUSO


X

Volvemos con la caída del sol, acordes a la situación: despeinadas, mal bronceadas, con el cuerpo cansado. La Típica mira por la ventanilla envuelta en un toallón, tirada en el asiento, con el mentón apoyado en su puño.
Marina me habla de comida. Evaluamos la posibilidad de cenar unas pizzas. Comparamos parejas con alimentos:
- La pizza de rúcula y jamón crudo, es como salir con un tipo inteligente y que te coja bien. En cambio un plato de arroz, aunque bien condimentado, nunca será más que un buen candidato, ese que todas te elogian pero ninguna está dispuesta a elegir. Lo que se dice “un buen partido”. El almidón, con el tiempo, te lo pone intragable, pastoso. Otra que se complica es el hombre fainá, va como complemento, pero así solito te deja con hambre.
Nunca me aburro de estar con Marina. Dudo que a ella le pase lo mismo. Es cierto que me expresa su cariño, o lo que entiendo por cariño de su persona hacia la mía. Me hace regalos para mi cumpleaños, regalos que evidencian un cierto estudio de mercado previo. Hablamos regularmente, compartimos charlas interesantes. Se interesa por mi opinión, si no la ofrezco la reclama. Compartimos salidas al cine, nos tomamos un café después del día laboral. Alguna vez nos hemos acompañado a hacer alguna compra fastidiosa, de esas que una posterga hasta fecha límite. Cumplimos con el ritual de pasarnos música de nuestros Mp3, nos recomendamos páginas web.
Sin embargo, nunca tuvimos salidas sociales. No conoce al resto de mi familia, ni a mis otras amigas. Son contadas las veces que nos visitamos en nuestras respectivas casas. Nunca compartimos nada con otra gente. Excepto con nuestros maridos, pero siempre nos alejamos de ellos.

Como si estar juntas habilitara una libertad de la cual el resto del tiempo carecemos.

OTRA MANERA DE SENTIR, OTRA MANERA DE PENSAR


I

No siendo escribir una actividad normativa ni científica, no puedo decir por qué ni para qué se escribe. Solamente puedo enumerar las razones por las cuales creo que escribo:

1) por una necesidad de placer que, como es sabido, guarda relación con el encanto erótico;

2) porque la escritura descentra el habla, el individuo, la persona, realiza un trabajo cuyo origen es indiscernible;

3) para poner en práctica un "don", satisfacer una actividad distintiva, producir una diferencia;

4) para ser reconocido, gratificado, amado, discutido, confirmado;

5) para cumplir cometidos ideológicos o contra-ideológicos;

6) para obedecer las órdenes terminantes de una tipología secreta, de una distribución combatiente, de una evaluación permanente;

7) para satisfacer a amigos e irritar a enemigos;

8) para contribuir a agrietar el sistema simbólico de nuestra sociedad;

9) para producir sentidos nuevos, es decir, fuerzas nuevas, apoderarse de las cosas de una manera nueva, socavar y cambiar la subyugación de los sentidos;

10) finalmente, y tal como resulta de la multiplicidad y la contradicción deliberadas de estas razones, para desbaratar la idea, el ídolo, el fetiche de la Determinación Única, de la Causa (causalidad y "causa noble"), y acreditar así el valor superior de una actividad pluralista, sin causalidad, finalidad ni generalidad, como lo es el texto mismo.

II

Lo “ilegible”, o lo “contra-legible”, no puede constituir, evidentemente, una figura plena. No podemos describirlo ni desearlo siquiera; es solamente la afirmación de una crítica radical de lo legible y sus compromisos anteriores. No estamos más obligados a figurar la escritura de mañana que Marx a tomarse el trabajo de describir la sociedad comunista o Nietzsche la figura del superhombre. Es revolucionario porque está ligado, no a otro régimen político, sino a “otra manera de sentir, otra manera de pensar”.

Roland Barthes
Diez razones para escribir, Corriere Della Sera, 1969

de Variaciones sobre la escritura
Editorial Paidós (2003)