Te miro mirar

viernes, 24 de febrero de 2012

CORRIENDO EN LO OSCURO CON MAURICIO

“Los dioses brindan gratuita y graciosamente el primer verso” –decía Valéry- y allí está el origen. (Claro que también disimula el anzuelo: todos sabemos que las ideas te las da Dios, pero después escribirlas es un infierno). Familiarizar al dramaturgo en ciernes con esa ruleta, entonces, me ha parecido siempre un objetivo prioritario en la enseñanza. Hacerle perder esa confortable confianza en el hogar de las ideas, esa fe en la sensatez de la necesidad, para instalarlo en la pista caliente de bailar la que te tocan.


El dramaturgo incipiente debe aprender a sorprenderse con el descubrimiento de un nuevo espacio, un personaje o un objeto –imaginario o real- que sume y modifique – con su irrupción- al todo escrito y al por venir. Aceptar las circunstancias del instante creador con toda la fuerza de arrastre de sus vientos subjetivos y objetivos: desde el estado del tiempo al del ánimo. Entender que el imaginario –ese botellero- no construye objetos a medida, como es afán del sistémico, sino que –orgánico- recicla desechos, residuos, imágenes en desuso, que son salvadas del olvido en este acto preservacionista de la estética. Aunque el deseo y la necesidad son edificadores, nuestro material de construcción básico es aquél que el azar nos pone bajo los ojos y nuestra intuición poética recoge. Con él escribimos y nos escribimos.


Mauricio Kartun
de Escritos 1975-2005, Ed. Colihue

LEY 12.828

Si le caés mal a una minita, elógiala y le caerás peor.

lunes, 13 de febrero de 2012

LA MUERTE QUE LAS JUNTABA

El día que se murió Julio mandaron muchas flores. Algunas tenían tarjeta y otras eran anónimas. Las fue acomodando en un cuarto un poco más oscuro y frío, al lado del cuarto donde estaba el cajón. El cuarto donde estaba el cajón (no entendí si se llamaba de alguna manera en particular) no tenía puerta, de modo que uno podía verle los pies (el lugar donde se suponía que se ubicaban los pies) a Julio desde antes de entrar. La escuché decir que no pensaba tocarlo.
Una puerta corrediza y sillones con flores enormes. Se sentó enseguida y ya no quiso levantarse. Vinieron a darle las condolencias
(como si le dieran una agarradera para la cocina, o peor, algo que sirva menos como un almanaque, un almanaque para un viejo, que gracioso),
a hablarle bien de Victor
(hablarle bien de un muerto, eso sí que era peor que regalarle un almanaque),
prometieron visitarla
(deseó no sucediera),
la besaron
(no recibía tantos besos desde mi confirmación, me declaró más tarde).
Beatríz llegó con la noche. Se sentó a su lado. Ella estaba a punto de quedarse dormida. No había llorado tanto, pero lo suficiente como para estar cansada.
Beatríz se sentó a su lado y la miró con una mezcla entre desconfianza y ternura:
- Nos conocemos hace casi cincuenta años – Me respondió la pregunta que no había hecho.
Dijo nos conocemos como dice la gente grande. La gente con la edad suficiente como para poder decir nos conocemos hace casi cincuenta años.
Asentí.
- Julio era el mejor amigo de Víctor, mi marido.
Nos conocemos. ¿Se empezaron a conocer hace cincuenta años y todavía siguen conociéndose? ¿Se conocieron hace cincuenta años y ahora se desconocen? ¿Se conocen con intermitencias? ¿Era eso?
- Ya sé que estás despierta – Ahora se dirigía a ella.
Ella abrió de inmediato los ojos para luego, igualmente, fingir que se desperezaba, que tenía frío, que se ponía y se sacaba los zapatos, que respiraba con fuerza y demás gestos que, imaginaría, eran propios de un ser humano estrenando despertar. Después dijo:
- ¿Hace cuanto que tu marido está muerto?  
Beatríz rió. Hacía cincuenta años que venían conociéndose:
- Diez meses. Parece que se hubieran puesto de acuerdo.
Comenzaron una charla sobre el tiempo y la gente, sobre la vida y los amores. Sobre la muerte que las juntaba. Cada una exponía lo que le parecía contar. Ninguna de las dos trataba de entender a la otra. Ninguna trataba de explicar nada. Pero no por mala voluntad ni egoísmo. Simplemente porque no había nada que entender ni explicar. Este mecanismo que suena tan fallido, tan poco válido, se desarrollaba sin contratiempos, sin tropezones, se deslizaban sus palabras como por una maquinaria perfecta. Ninguna de las dos indagaba. Ninguna de las dos intentaba ser agradable o condescendiente. Se me ocurrió que en vez de una conversación entre viejas parecía una entre niñas donde una dice “mi mamá ayer me compró un trompo” y la otra responde “a mi me gusta el color azul”. En ésta Beatríz afirmaba crueldades:
- No extraño a Víctor, ¡pero es tan aburrido estar sola! Aunque con él también nos aburríamos. Después de ustedes ya no tuvimos amigos -¿Después de qué?- Siempre sospeché que estuviera con otra mujer. Hasta que se puso tan viejo que me di cuenta que nadie más podía quererlo.
De pronto, recordé que ella me había hablado de Beatríz. Beatríz a los veinte años con las tetas muy redondas y paradas. Ella me había dicho que siempre se lo decía, lo de las tetas, tenés las tetas muy redondas y paradas. Beatríz siempre se reía. Y ella no sabía si se reía de ella, de las tetas en general, de sus tetas, de las tetas de ella, del comentario, o de la alegría que le generaban unas tan lindas tetas como las que portaba. Y ella me dijo que a Beatríz le faltaba carácter  y que era una lástima con esas tetas ser tan falta de carácter. Y que a Víctor también le gustaban y que se le notaba cuando venía y la abrazaba por atrás en la cocina y que Víctor siempre venía con el pelo mojado, tan lindo el pelo de Víctor cuando se aparecía en la cocina a preguntarles de qué cuchicheaban:
- ¿Qué andan tramando ustedes dos?
un poco por chiste, un poco para prevenir daños, tanto carácter tenía Victor, todo el que le faltaba a Beatríz, pobre.
Beatríz a los veinte años, tan distinta de la Beatríz ésta que no para de hablar y dice que él también con todo su pelo húmedo tirante para atrás y sus agarradas de la cintura por detrás en la cocina, y sus chistes medio chistes medio interrogatorios y, sobre todo, su carácter, ese carácter de mierda que le había cagado la vida, él también se había puesto viejo, viejo a más no poder, viejo hasta morirse.         
Alguien nos alcanzó un café a cada una. Pedí que bajen el aire acondicionado. Le presenté a Beatríz a Viviana. Viviana se acordó de una vez que Beatríz y Víctor la habían llevado a un parque de diversiones. Tendría unos siete años. ¡La habían pasado tan bien! Victor era más alto que su papá Julio.
- Y yo más angelical que tu madre – Acotó Beatríz.
A Viviana le había encantado fingir toda la tarde que ellos eran sus verdaderos padres. Después, como agradecimiento, les había hecho un dibujo con corazones, perritos, nenas y globos. Y la dedicatoria “Para Bíctor y Veatríz”, tan preocupada estaba por dárselos rápido.
Ya casi no quedaba nadie. Algunos habían prometido volver a la mañana para dar una mano con el cajón, arrastrarlo hasta el coche, y del coche a donde hiciera falta.
Beatríz dijo algo así como que no había venido porque sí. Yo pensé que ninguno de nosotros estaba ahí porque sí. Ella levantó las cejas y el mentón, en señal de pregunta.
- Vení a vivir conmigo – casi sentenció.
Ella no respondió. Ni respondió a la hora, ni al otro día. Se quedó dormida en el sillón con flores, lentamente, como una larga queja. A la mañana la desperté y la subí al coche fúnebre.

La casa de Beatríz era la misma donde habían vivido los últimos veinte años con Víctor. Ella me había dicho que no la conocía porque antes habían dejado de “ser amigas”, así me había dicho.
Era la última casa de una calle sin salida. Pensé que era muy adecuada para la situación. Ambas, la descripción y la casa. En la puerta había un arbolito, un buzón oxidado, y pasto crecido de meses.
Entramos ella, yo y Viviana. Viviana dijo que cualquier cosa la llamáramos. No estaba muy contenta con la situación, pero no le quedaba otra que aceptarla. Últimamente insistía en tratarla a ella como si fuera su hija. Durante todo el camino a la casa había insistido con que era una invitación rara, que eran dos viejas con sus propias rutinas armadas, que no era fácil, que desde cuando una viuda se compadece de otra viuda y quieren compartir sus vidas, que qué buscaba ella con todo esto. Y ella no respondía o respondía poco, o respondía como si ella no fuera más ella, sin discutir, con cara de quién dijo que es fácil, con cara de quien ya no busca nada, con cara de quien ya no desea encontrar. Después Viviana se calló, aplicó su frase de cabecera sobre los llamados, y se fue.
- Veo que trajiste a tu condición – Beatríz hablaba de mí.
Las condiciones de Beatríz habían sido: ni luces ni música ni televisión encendidas hasta muy tarde, ni desorden en el baño.
Ella recorrió la casa sin entusiasmo y sin permiso.
La idea era simular que compartían una pensión. Vecinas gentiles. Beatríz dijo que la convivencia favorecería a todos. Que lo sabía desde que se le había ocurrido. Tanta confianza no hacía pensar para nada en una descripción como la que ella me había hecho de Beatríz a sus veintipico. Beatríz siguió con que sabía que todo iba a ir bien porque nunca vió dudas en ella desde que se lo planteó y dijo:
- Nos desconocemos, otra vez. Todo va a empezar casi como desde el principio.
Durante la tarde, las tres inmersas en las tareas de mudanza, repetí varias veces en mi mente - sin terminar de comprender, o comprendiendo demasiado, o en ese término medio entre las dos cosas que se genera cuando una vislumbra una segunda, tercera o decimoquinta significación, o solo una pero bien oculta, en la frase del otro - “empezar casi como desde el principio”.
A ella empezar cualquier cosa a su edad le parecía gracioso. Mudarse también. Abría los bolsos, desdoblaba la ropa. La acomodaba con cuidado en los estantes del ropero antiguo del amplio cuarto que Beatríz le había cedido. Le hacían falta perchas y que acomodáramos sobre la cama de hierro el colchón que estaba en el desván. Pero después, primero organizemos la cena, me dijo. Yo pensé que si bien no estaba calamitosamente sucio, se notaba que Beatríz no había limpiado especialmente. Estaba tratando de establecer prioridades domésticas, del tipo ¿primero baño después ventanas?, cuando ella me interrumpió, alegre, pensando en voz alta:
- ¿Por qué pensar que hacer lo que quiera cuando quiera es una novedad?

Primer cena. Elogio a mi comida. Gracias, gracias. Beatríz me ayudó a levantar los platos. Hablamos sobre inseguridad y tiempo libre. Los manteles de Beatríz: horribles. Ella se ofreció a traer unos que dejó en su casa, tantas cosas dejó en su casa, Viviana se puso tan nerviosa, dijo que le dejaba más que cosas problemas, pero ella las dejo, que hagan lo que quieran, pero algunos manteles podría traer.
- Y si tenés algunas ollas, las mías están tan viejas, y un ventilador de pie para el living, y la filmografía de James Dean, para los domingos a la tarde – Aprovechó Beatríz.
Se rieron. Ella parecía muy relajada. Le empezó a decir Bea con una naturalidad tan natural que hasta pareció fingida.
A la hora de acostarnos presté atención a apagar todas las luces. Esperé fumando mi cigarrillo de antes de ir a dormir, junto a la ventanita de la cocina, que ambas lleguen a sus cuartos. Me sentía la institutríz de un orfanato, me sentía eso y con esas palabras. Me acomodé con una mezcla de calma y ansiedad. También me inquietaban bastante –como a ella imaginé, con ella me comparaba- tantos cambios en tan poco tiempo. Siempre me costó dormir en casas nuevas, nunca me acostumbraré. Los hábitos. Los caprichosos hábitos parecen construirse solos, parece imposible imponerlos. De pronto, recordé que la cama de ella no tenía colchón. Salí del cuarto, ahí estaba. Dudaba ante la puerta de Beatríz. No me sorprendió encontrarla. 
Beatríz nos dijo un largo pase y cuando abrimos la puerta la vimos de espaldas tratando de sacarse graciosamente el corpiño.
- Si esto sigue así no pienso seguir usándolo.
Me acordé de sus tetas (como si alguna vez las hubiera conocido) y pensé que ella también debía estar pensando en lo mismo. Se calzó un camisón largo y preguntó qué trajo por aquí a la doncella y su nodriza. Así nos llamó Beatríz, la señora dueña de la casa a la cual nos vinimos a vivir con ella, mi jefa, mi empleadora, a veces mi amiga, desde su camisón largo, semitransparente por el paso de los años o por la tela, con sus tetas ya caídas, pero ya sin importancia, como si hubieran dejado de ser atractivas porque ya no existe nadie con la voluntad de apreciarlas.
Le expliqué lo del colchón. Se golpeó la frente:
- ¡Que boludas!
Sonó tan extraña la palabra boludas en su voz. No le creí del todo algo. Así lo pensé.
Señalando a su cama dijo:
- Lado izquierdo, por favor.
Vi del lado derecho de su cama matrimonial, sobre la mesita de luz, un portarretratos con la cara de quien supuse Víctor: un hombre con el pelo mojado, hacia atrás, linda sonrisa, expresión de tener todo bajo control.
Ella acudió. Obediente y en camisón, como una niña. Miró el portarretratos y dijo:
-Era tan lindo. Siempre me gustó.
Beatríz asintió:
-Ya sabía. A mi también, hasta que no pude compararlo con otros porque no vimos a nadie más.
La habitación se llenó de silencio. Por la cortina de rollo entraban lucecitas de la calle. Empezaba a acostumbrarme al olor a humedad de las cosas desconocidas. Beatríz tiró de la sábana.
Di las buenas noches como una madre.
Más tarde, desveladas, con frío o calor, tan cansadas que no pueden dormirse, Beatríz repitió  otra vez, sin echarle la culpa a nadie, sin lamentarlo de veras, como quien dice que frío, sin ánimos de solucionarlo, sin signos de queja o protesta, pero tampoco evidenciando satisfacción:
- Que boludas, olvidarnos del colchón…
Pero ya nadie creyó que eso pudiera importarle.

miércoles, 8 de febrero de 2012

GRACIAS LUIS!

Yo mirar...
todo se da sin ver,
de que manera el viento es,
eterno guante en piel de tucán,
desde un cristal,
todo se echó a correr así así...
a gran velocidad,
dejando atrás un puente,
que nada separa...

Oh, la melodía es en tu alma...
Oh, la melodía es en tu alma...

Bien ya no hay fin,
solo se ve una casa en nubes,
nubes nubes altas,
entra en sortilegio,
como el día en el bosque,

Oh caudal, muro de almas,
después,
errantes idas y llegadas,
rondas al vaivén de las horas tempranas...
Oh, la melodía es en tu alma...
Oh, la melodía se da...

Solo refleja en calma y regresa...
Yo vivir...
luz del estanque,
¿ves?
la melodía se da...
Viento que apenas pasa y me toca...
Yo gemir...
como lo haría un jardín...
jardín donde lo otro existe...
atrás de la ciudad donde duermen los perros...

Piel de piel...

Esta palabra esta...
bordeando así así,
como un diluvio,
el círculo de puntos...
puntos donde mueve...
¿ves?
la melodía es en tu alma...
¿ves?
la melodía es en tu alma...

miércoles, 1 de febrero de 2012

COCOLICHE

Cursi
Cardamomo
Concarán
Clavardage
Cuaderno
Carozo
Camino
Cromado
Concupiscencia
Coco
Cicatríz
Corazón
Crosta
Caballero
Cordillera
Crisis
Columna
Culpa
Cencerro
Clivaje
Correlacionar
Cornucopia
Convidar
Coherente
Capricho
Calma
Chocolate
Cucarda
Canción
Calavera
Conglomerado
Cauchemar
Cracovia
Crepúsculo
Cynar

LEY 27.844

Siempre que viajes volverás un poco enamorada de algo o alguien.

INSTANTANEAS DEL TERCER MICROCLIMA DEL MUNDO

"Todo por sacarle una foto a Yabrán". Qué simplista el señor de la habitación de al lado.

*

Mientras vuelvo (o voy, no lo sé porque estoy vacacionando y pierdo esa definición), pienso:
AL CALOR SE LO COMBATE CON MÁS CALOR
AL AMOR SE LO COMBATE CON MÁS AMOR.

                                                                                   *

"Tenés que tocarlo así te escucha" le dicen los papás al nene que le habla a un viejo semisordo.

                                                                                  *

Treintañeros tomando en la cena coca cola ligth. Mala combinación. No quiero ser así.

                                                                                  *

Dormir al lado de un casino y no soñar con historias que suceden allí adentro. Que inconsciente de mierda.

                                                                                  *

De golpe, adentro de la pileta (gran lugar para "pensar en nada") descubro que cuando dejo de reirme dejo de querer, que era así de simple nomás.

                                                                                  *

Cuando quiero llamar la atención de un tipo le digo :
chabón, pibe, loco o caballero.
Les encanta.

                                                                                   *

Mientras me ducho canto canciones como ésta.

                                                                                   *

La mamá le preguntaba "¿no querés estar con mami?" mientras su hermano se chapaba a una tetona en el otro extremo de la pileta.
Cada cosa preguntan las madres.

                                                                                   *

Deben existir pocos destinos tan sufridos como el que afrontará una niñita hiper sociable hija de una madre extremadamente hermitaña.

                                                                 
                                                                                 *

La que parecía la madre fumaba constantemente. La otra que parecía la madre resultó ser la novia.
¿Por qué a veces la gente se rodea de otra gente tan aburrida?

                                                                                 *

El Fernando, el guía, me pregunta:
-Carlita, eso que anotás es para no olvidarte o cosas que se te ocurren.
-Las dos- le respondo.
Pero después, después pienso que las dos son una sola.