Te miro mirar

martes, 25 de septiembre de 2012

CONDUCTA DE PATRONES III

El tercero fue R.
R. era un coleccionista de cosas beatles, creo que con eso digo mucho. Su local en el Paseo La Plaza evadía -evade, supongo- impuestos a morir. No sacábamos una factura por nada del mundo, a las mesas les cobrábamos con un papelito hecho a mano. La gente pagaba, sin excepción, entrada por entrar y  consumición por consumir. Los sábados había cuatro o cinco funciones entre stand ups y bandas de mierda, por lo tanto la recaudación era inmensa.
A las camareras nos pagaban por comisión: depende de cuánto vendiéramos cobrábamos un determinado porcentaje. Además de ese porcentaje, por día ganabas treinta pesos fijos, lo mismo que te salía una birra en un bar. Por ende, la papa era vender.
R. tenía mucha plata, pero vestía tan mal. Usaba unas camisas cuasi hawaianas que no dejaban de sorprenderme por su fealdad. Parecía salido de otra época, pero no podría precisar cuál: la época en la que la gente se vestía con ropa horrible quizás.
La hacía muy bien R., casi ni figuraba, jamás se dirigía a sus empleados. Para hacer el trabajo sucio tenía a su mano derecha, un pelado cuyo nombre resetié de mi mente. Solo recuerdo su apodo: Random. Casi que él mismo se había bautizado así el día que encontró a varios compañeros míos fumando en camarines y sentenció seriamente -o parecía convencido de ello- que "de ahora en más voy a estar en random", lo cual significaba que iba a aparecerse a cualquier hora, en el momento menos pensado, para controlarnos. Por supuesto que todos los momentos pasaron a ser "el menos pensado" y por supuesto que Random, que con esta amenaza estaba casi anulando su accionar, mantuvo su estado aleatorio por poco más de una semana.
Porque la persecución es la mejor amiga de un (mal)jefe. Es infalible y los exime de actuar. Al mismo tiempo actúa como una especie de "yo te avisé", un triunfo maligno que genera que, si alguna vez se constata que te mandaste una verdadera cagada, esa cagada representará al millón de cagadas que te debés haber mandado.
Random entraría en la categoría supervisores, uno de los peores que conocí. El tipo se sentía el dueño, por lo cual deducíamos que cobraba mucha plata. Si te tocaba trabajar a la mañana en el café de al lado, propiedad de R. aussi, lo encontrabas desayunando junto a su notebook cual accionista de Wall Street controlando sus acciones. Era un tipo frío, no se reía mucho en el trabajo. Parecía tomarse todo muy en serio, hasta lo más ridículo. Utilizaba mucho la primera persona del plural, para acciones de las cuales claramente él no iba a participar. Utilizaba expresiones pseudo-policiales o mafiosas -¿existe alguna diferencia?- como “vamos a implementar”, “a partir de ahora la metodología será”, “es  importante que tengan una respuesta positiva”, “¿nos entendemos?”.
Era muy alto y cuando te hablaba te tocaba el hombro.       
Existían otros encargados de menor rango: la copadísima que te pedía todo con una sonrisa y se iba a tomar birra con vos a la salida -que no entendías cómo había sobrevivido tanto años ahí-, el negro racista que no perdía oportunidad de ser desagradable, el centroamericano explotado –si es que era posible ser más explotado aún que todo el resto de nosotros- , la gorda resentida de la vida que disfrutaba haciéndote sentir una basura y algunos personajes más porque, como en cualquier negocio de ese estilo, los empleados íbamos y veníamos como maleta de loco.
Para renunciar, le mandé un mensaje de texto a la gorda resentida. "No voy más, adónde te mando el telegrama?"
 

1 comentario:

J.P. Sastre dijo...

"Parecía salido de otra época, pero no podría precisar cuál: la época en la que la gente se vestía con ropa horrible quizás."

Me gustó ese extracto, por demás.
Muy bien todo (el blog).