Te miro mirar

martes, 11 de septiembre de 2012

CONDUCTA DE PATRONES II

Los segundos fueron tres: L., N. y R. Hermanos.
L. fue el mejor jefe de mi vida. Claro ejemplo de que con picardía la vida es mejor.
L. podía hacerme barrer la vereda, pedirme que le vaya a comprar puchos al kiosco, yerba al supermercado o que le entregue un pedido porque el delivery se había atrasado. Podía pedirme casi cualquier cosa porque a cambio yo tenía una oreja dispuesta a escucharme, una ayuda siempre que la necesitara, comprensión cuando las cosas se complicaban y una complicidad innata desde un principio y hasta el final. Ustedes podrán decirme “en mi barrio eso se llama ser obsecuente”, pero les juro que no, L. me trataba bien.
Aunque todas estas características no eran lo que mejor me caía de él, porque lo realmente mejor de L. eran sus historias. Para todo tenía una. Dada la impresión de que había estado en todos lados y con todo el mundo. La primera que se me ocurre –aunque dudo su completa fidelidad en los vericuetos de mi memoria- transcurría en el sur del país e involucraba a unas prostitutas que compartían el mismo edificio con él y le habían obsequiado una televisión -¿?-.
Me acuerdo de cómo limpiaba sus anteojos, de cómo se paraba y miraba por la ventana con las manos en la cintura y de su risa, tenía una risa muy cálida.
En los dos años que trabajé con él –quizás esa sea la diferencia entre un buen y un mal dueño: sentir que se trabaja con o para- no dejó de burlarse de que no me duraran los novios,  escuchamos desde supertramp hasta aquelarre, hablamos de cocina, de cine, de política –L. era radical a morir, y siempre terminábamos discutiendo- y nos reímos mucho.
N. y R. no eran tan geniales. N. tenía una actitud a la defensiva con las mujeres en general. O eso decidí creer para no tomarlo como algo personal. N. no era una mala mina pero no servía para manejar personal. Muchas veces los dueños no asumen que ser dueño no significa saber manejar personal y no saben correrse a un costado, o aprender.
N. era distinta cuando estaba con R. Era como una niña tratando de superar a su hermano en picardía. Era, como toda competencia, divertida hasta que se hacía feroz. Porque R. era un tipo difícil. R. no tenía medias tintas. O estaba cagándose de risa o sumido en la más profunda depresión.
La más grande preocupación de R. era la guita. Para él, comprar un detergente de marca era perder plata, comprar un queso de mejor calidad era perder plata, mandar a hacer folletos era perder plata, tener más empleados era perder plata, mejorar el aspecto del negocio era perder plata. R. tenía una actitud entre distante y canchera. Cuando te preguntaba algo, aunque fuera lo más banal del mundo, parecía estar poniéndote a prueba. Se reía cómplice con N. y usaba mucho la expresión “nada, nada” entre risitas, como un adolescente. Cuando estaba en estado depresivo nadie se animaba a  hablarle. Se agarraba la cabeza y resoplaba, apoyado en el freezer. Te llamaba “negra”, ibas y te pedía alguna boludez o te decía “nada, nada”, pero ésta vez era un “nada, nada” que te incitaba a pensar que estabas incurriendo en alguna falta.
Una vez me dijo que estaban pensando en echarme porque había llegado tarde dos veces en una semana. Y eso era perder plata. Me pagaban por hora: ganaba exactamente lo que trabajaba, ni un centavo más ni un centavo menos y trabajaba no más de cuatro (¡cuanto extrañé eso más adelante!). Pero eso era perder plata
Me terminé yendo de aburrida nomás. El último sábado que trabajé, L. me acompañó, como siempre, a sacar la bici por la puerta grande. Me dijo que tuviera cuidado cuando cruzara la barrera.

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