Te miro mirar

sábado, 8 de septiembre de 2012

CONDUCTA DE PATRONES I



El primero fue H.
H. era un new rich. Cuando lo conocí, recientemente había cambiado a su mujer por un modelo más nuevo. Había adquirido el paquete completo y salía con una flaquita copada con dos hijos. Cuando iban al negocio, a ella le costaba hacerlos salir de la cocina, obligarlos a que ese mundo - siempre más divertido- les resultara ajeno y prefirieran el afuera, sea lo que sea que ello significara.
H. prefería la milanga con papafritas pero debía demostrar adulación hacia el sushi, el palmito, el camarón, o lo más caro que hubiera a mano. Se encerraba horas en su oficina. Un sucucho inmundo como toda oficina de dueño, un reducto escondido detrás de –casualmente- el lugar donde todas sus empleadas nos cambiábamos.
Si H. te veía sin hacer nada te mandaba a sacar la basura o, en el mejor de los casos, te hacia una pregunta en tono amenazante como para que vos te des cuenta y empieces a hacer alguna boludez, pero alguna, algo, que te vea moverte. Porque con H. aprendí que si un patrón  te ve más de 5 minutos sin moverte significa que te está pagando para no hacer nada, y si te está pagando para no hacer nada es porque no te necesita.
Con H. también aprendí que un buen patrón nunca sabe el nombre de nadie, y si lo sabe disimula.
Algunas de mis compañeras, empleadas de larga data, lo alababan cual devotas. Lo abrazaban como se abraza en navidad a un tío con plata. Con los pibes de la cocina tenía esa actitud de camaradería, esa cosa canchera, esa hipocresía de ponerse en el lugar del otro, de preguntarles por sus hijos y mujeres para no escuchar la respuesta, de hacer de cuenta que entendía de qué le estaban hablando. Es que H. no daba la sensación a primera vista de ser un tipo con mucha guita. Su apariencia era sencilla, su porte vulgar.
Cuando H. iba a cenar al negocio y se sentaba en tu sector tenías que tener mucho cuidado. Era preferible descuidar al resto de los clientes antes que a él. O sea, perder muchas propinas en pos de ninguna.
Sobre H. circulaba una historia. Se decía que había comenzado su prolífica carrera vendiendo esponjas a domicilio en su modesto cochecito. No sabíamos bien cómo había terminado siendo dueño de los locales gastronómicos –y no- más promisorios de Adrogué.
Otra historia contaba que la forma de seleccionar a las empleadas era poniéndoles puntaje cuando iban a entregar su currículum. Sinceramente, hasta que no lo vi no lo creí.  
Colaboraba con H. en su colosal tarea una raza que llegaría a conocer en profundidad: la de los encargados. Los encargados –también llamados supervisores, coordinadores y demás eufemismos- son aquellas personas que cobran un poco más que el empleado común. Porque los encargados de común no tienen nada, son gente bastante particular en distintos sentidos. En esta primera experiencia disfruté de una amplia gama: el que invierte en el negocio y es como un jefe con onda, el sufrido que se pone la camiseta a morir y nunca recibe nada a cambio, el banana que es casi un sobrino del jefe y trae a sus amigos a tomar birra gratis, el perfil bajo que no te defiende de nada pero te hace sentir tranquila, el pajero que no puede hacer más que ser pajero porque su pajerismo absorbe todo su ser.
H. nos tenía a todas en negro, en su mundo no existían el aguinaldo ni las vacaciones y pagaba dos pesos la hora en una época en la que los puchos salían casi cuatro. Me acuerdo de trabajar dos horas y pensar “ya casi tengo los puchos”. Tristísimo. Alegaba para justificar semejante choreo que con las propinas uno duplicaba el sueldo.
Renuncié un domingo. Tomó mi renuncia uno de los encargados –el sufrido-. Me acusó de romper a propósito la noche anterior una caja de copas entera que subía por las escaleras. Las copas se me habían roto de lo nerviosa y aturdida que estaba. Apenas renuncié, me metí en la cocina para saludar a los pibes. Cuando me abrazó Tito me puse a llorar.

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