Te miro mirar

domingo, 20 de mayo de 2012

EL ENCANTO DE LO INCONCLUSO


III

El hotel es chiquito y pálido, parecido a cualquier hotel junto al mar imaginable. No me sorprende. Por lo tanto, puedo dedicar mi mente íntegra a ordenar nuestra ropa. Cuando algo me sorprende (resulta mejor, peor o completamente disímil de lo imaginado (o, lo que es peor aún, es imposible ejercer tal valoración)) me anula. No comprendo. No asimilo. He estado años tratando de entender una circunstancia sorpresiva. Semanas intentando sacar conclusiones sobre lo (previamente) imaginado y lo (posteriormente) concreto.  La última vez que me crucé con un conocido del pasado pasé días en trance. En épocas depresivas se lo adjudico a falta de preparación de mi parte, en épocas de alta autoestima a este mundo loco y cruel.
Cuelgo en perchas las camisas y pantalones de mi marido, doblo en tres movimientos sus remeras, guardo medias y calzoncillos en un cajón, ubico su calzado (con las puntas hacia afuera) en el piso del placard. Mientras tanto pienso excusas: “porque me queda más cómodo, porque me cansé, porque no tenía ganas, porque no me alcanzan las perchas, porque la mía no se arruga”. Silencio mental y corpóreo. “Por si la ropa necesita huir rápidamente”, me auto-hago reír. 
Mi marido me mira desde la cama. No pregunta nada. Mi ropa me mira desde la valija. Me dice: Igual, por las dudas, ponete el vestido de flores.

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