Te miro mirar

lunes, 5 de diciembre de 2011

EL AUTOR

Un día, R. se había dado cuenta que nunca sería tan dotado como las personas a las que admiraba. Entonces, se había dedicado a escribir sobre ellos y ellas. Había escrito sobre sus vidas, sobre sus obras y sobre sus muertes. Había escrito textos complejos, inmiscuyéndose en asuntos ajenos que apenas dominaba. Había escrito textos banales, ahondando en inexistentes -aunque aparentes- profundidades. Y, al igual que la última descripción, la mayoría de las veces había entrado (y no había salido) en diversas contradicciones. Aunque no tan diversas, si tenemos en cuenta que a todas ellas las unía el factor común de oponer.
Pero si algo determinó la carrera de R. fue su profunda gratitud. Muchos lo oyeron decir: “Soy un agradecido de La Vida” (lo decía así, con mayúsculas), pero solo algunos afortunados  tuvieron la posibilidad de comprobar empíricamente su chupamedismo. Paradójicamente, fueron los mismos que asistieron a su funeral.

Cuando R. cortejó a F., ella no supo qué pensar (lo que más la despistó fue que en su cabeza resonó la frase “me está cortejando”). Conocía a R. de cocteles, vernissages, inaguraciones y demás eventos de mierda, pero un par de charlas pasada de champagne no la ayudaban a rotular al candidato. En realidad, se orientaba a pensar en R. como un boludo con argumentos  pero hacía seis meses que no tenía sexo. Se acercaba peligrosamente a los treinta y el criterio se le estaba yendo un poco al carajo.
Aceptó compartir una cena. Le dijo “pasame a buscar”, lo dejó elegir el restaurant, lo dejó hablar (tuvo un cuidado específico en este aspecto) y allí fue cuando descubrió su verdadero talento. Talento que los uniría por el resto de sus vidas.

F. había sido una niña prodigio: un prodigio de la simulación. Había simulado tener talento y todos le habían creído. Empezando por su acaudalado padre, siguiendo por su tempranamente muerta madre y culminando por su maestra de cuarto grado. Porque el engaño duró poco. Sus dotes de plagista, exageradora, fabulatríz y artífice aplastaron a sus dotes de escritora. Mucho tiempo había demorado F. en recomponerse. Sobre todo, porque ella no reconocía esas cuatro cualidades como propias, o, en el caso de pertenecerle, no encontraba motivo de humillación alguno. Muchos la oyeron decir: “Es mejor ser portadora de algunas características que de ninguna”, pero solo algunos afortunados le encontraron sentido a dicha frase. Paradójicamente, fueron los mismos que la acompañaron en su demorado camino al éxito.

Cuando R. cortejó a F. sabía muy bien lo que estaba haciendo. Fiel a su estilo “conformismo con beneficios”, ensimismado desde hacía años en la búsqueda de una esposa, sobresaltado por el desarrollo de Internet. Luego de un exhaustivo estudio de campo, no optó, no decidió, no se conformó: apostó su vida a la conquista de F. Suficientes motivos creía tener para principiar tal empresa.
“Prinzipiar tal empreza”, le decía su voz en off interna. Definida de tal contradictoria manera para no reconocer su autoría al respecto. Solo reconocía llevarla adentro, la mayoría de las veces a su pesar, como un corazón que habla. Portadora de un inexplicable acento español, acento que le había asignado para sentirla más extranjera de su persona aún.
Todos sus motivos estaban  amparados en la conveniencia: hija de padre rico, solterona, relacionada indirectamente al ambiente artístico, artista frustrada (inconscientemente se sentía atraído por esta cualidad que los emparentaba).
Cuando R. cortejó a F., no tenía idea de lo que estaba por empezar.

Cuatro copas de vino bastaron para que R. desplegara su amplio abanico de “frases que  consideraba sugestivas”. Pero fue la quinta o la sexta frase (cuatro, cinco, seis, imposible  escaparse de la correlatividad, ni lo intentaron) la que produjo un efecto inesperado, o por lo menos prematuro:
- Te tomo en serio, por eso me río de vos.
- Acepto- Rió F.
R. se desestabilizó. ¿Qué sabía esta chica? En escasos segundos su mente elaboró diversas posibilidades: desde el obvio “tiene poderez de lectura mental”, hasta el delirante “perteneze a una raza zuperior que penetró mi zerebro, monitoreó mi vida, filmó mi cotidianeidad (¡cómo  le costó al gallego en off esta palabrita!) durante añoz, me abdujo y me desabdujo, me inzentivó a la buzqueda de una ezpoza, que gilipollaz he zido!”
Contrario a estos razonamientos, trató de ubicarse (en la silla y en la situación) y dijo:
- Bueno, pero que sea al mediodía, no me gusta acostarme tarde. 
A la semana R. y F. estaban casados.

Al principio la vida en pareja fue bastante fácil. Pensaban que iba a ser tediosa, insoportable, ardua, fatigante,  y aburrida. Pero solo resultó ser tediosa, insoportable, ardua y fatigante, para nada aburrida. Igualmente, con el tiempo coincidieron en que los primeros cuatro adjetivos significaban “masomenos la misma mierda”.
R. conoció las oscuras intenciones de su oponente pasados unos siete meses (cuatro, cinco, seis, siete, imposible escaparse de la correlatividad, ni lo intentaron).
F. le preparó un cafecito a R. y se la hizo corta:
“Terminemos con esta farsa (siempre había querido decir eso), ya casi tengo treinta, no estoy para boludeces, así que haceme célebre rápido (se cuidó mucho de no expresar la versión ordinaria de esta palabra: famosa), pintame como una artista hecha y derecha, como solo vos sabés hacer”. El, sorprendido, entre otras cosas (enseguidita ahondaremos en sus sentimientos): “¡Pero si yo no hice famoso a nadie! ¡Exageré ciertos aspecto, agudicé ciertas formas, oculté ciertas deficiencias!”, gritaba, cosa rara en él. “Y bueno, ¡haceme eso!¡Exagerame, agudizame, ocultame!”. R. sintió fuertes deseos de desnudarla, cosa rara en él. Segunda cosa rara, la situación lo sobrepasaba: “Tengo que pensarlo” dijo, y se fue a caminar por el barrio.

Sentimientos de R. durante la caminata:
1)      Confusión: ¿Desde cuándo escondía tal deseo de fama F.?, ¿Desde cuándo esperaba su ayuda?, ¿Por qué la exigía de esa manera?, ¿Realmente lo admiraba, tal había sido su decir: “como solo vos sabés hacer”, o era una simple herramienta para manipularlo?
2)      Desconcierto: ¿Cómo no se había dado cuenta antes de que los gritos y reclamos de F. despertaban sus deseos eróticos adormecidos?, ¿Sería ese el ingrediente secreto que le faltaba a sus desinspiradas performances?, ¿Sería ese el ingrediente secreto que siempre le había faltado, no solo con ella?
3)      Ansiedad: ¿Tendrían sexo esta noche? ¿O ella estaría enojada? ¿Qué ella estuviera enojada incrementaría la excitación? 
4)      Cansancio: ¿Hacía tanto tiempo que no salía a caminar? ¿Cuándo había perdido su estado físico de semejante manera? ¿Le alcanzarían las fuerzas para echarse un piquecito hasta la casa y agarrarla desprevenida?


F. y R. descubrieron a su avanzada edad el sexo. Ella lo describió como “desgarrador”, él fue más sutíl en calificarlo como “revelador”.
Por unas semanas se fueron de expedición por sus cuerpos. Después volvieron. A F. le pareció que todo muy lindo pero la cosa se le estaba yendo de las manos. No quería terminar como esas protagonistas de las novelas que pierdan herencias, prestigio, campos y status social por encamarse con el peón de estancia:  
- Si te pensás que porque te abrí la puerta te vas a escapar por la ventana, estás muy equivocado, ¡a mí me hacés famosa viejo! (esta vez no le importaba usar la  palabra, nótese su calentura).
Fue difícil porque R. redoblaba las apuestas tras estas fuertes palabras. Recordemos que los gritos y reclamos de la primera discusión habían despertado en él la llama de la pasión (o el frenezi al decir del gallego en off). Así que F. tuvo que terminar pidiéndole:
- ¿Serías tan amable, tendrías la gentileza y el agrado de apresurar el trámite, de apoyar mi causa, de gestionar la diligencia?
R., que no solo había descubierto el sexo a su avanzada edad, sino que ahora entendía perfectamente porque había llevado al altar a esta mujer y no a otra, admitió haber fracasado, tal era su costumbre. No había sido decisión ni victoria suya este matrimonio, esta alianza de perdedores. Esa mujer lo había elegido a él, y no a la inversa. Sin embargo, todavía tenía una carta a su favor: sus motivos, aunque no exitosos, aún no habían sido revelados. Sintió que el misterio lo amparaba y que la ignorancia de su mujer sería su más poderosa arma. No entendía aún el pobre infeliz en su batalla contra qué o quién, pero no se equivocaba en adoptar ese espíritu bélico.

Los siguientes meses R. se dedicó a generar (y, sobre todo, a divulgar) una falsa biografía de F. Ella no se había equivocado en elegirlo. Era el mejor trabajo que le habían asignado. No solo recreaba una vida ajena, como ya sabía hacer, sino que se liberaba de las presiones de la realidad. Era como volver a escribir ficción, pero con ciertos límites, ciertos patrones a seguir. Por primera vez se sentía talentoso (lo que él desconocía es que, en realidad, ese talento lo había acompañado desde el principio, pero como había sido un inseguro que medía su altura en comparación a la de aquellos a los cuales admiraba sin permitirse crecer con sus propios tiempos, se había cagado bien la vida él solito).
Creó falsas entradas en las enciclopedias de Internet, colgó un perfil de F. en todas las redes sociales habidas y por haber, le creó una cuenta en cuanta plataforma digital (¿así se dice?) encontró, llamó a las revistas para las cuales había trabajado anunciando falsos premios (“total nadie chequea la información”, decía), organizó eventos (“la lectura de poesía sale mucho”, decía).
De vez en cuando le pedía “enojate” y hacían recreo con un round sexual vigorizante.
Antes de fin de año se publicaría “la última novela de”, evento que terminaría de consagrar a F. como escritora célebre. ¿De dónde sacó la novela? Invencible como se sentía, hasta la hubiera escrito él mismo. Pero como el tiempo apretaba y F. se negó rotundamente a esta opción, R. dijo “Pedile plata a tu papi y yo lo arreglo”. Le compró los derechos de sus publicaciones a una blogger hippie a la cual le faltaban unos 130.000 dólares para comprarse una casa en El Bolsón.
“Por el resto de tu obra – inexistente- no te preocupes, nadie va a preguntar, cualquier cosa vos decís que no está reeditada, ¿quién dudará de su existencia, si dejé escrito en todos lados que gracias a ella estás donde estás?”.  
Las cosas habían salido mejor de lo que nadie esperaba y R. experimentaba una sensación casi mística: elevada, esperanzadora e inexplicable. Hasta hubiera dicho que se sentía enamorado. La idea de arruinarle la vida a F. le llenaba el alma, le generaba ganas de vivir, lo hacía tan feliz como nunca lo había sido en su vida.

Todos coincidieron: “El estilo “cuento mis vivencias pseudo-adolescentes con  espontaneidad y desenfado” garpa mucho hoy por hoy” (decían así “hoy por hoy"). “¡Como supo meterse en el personaje, fundirse con él, para lograr una voz tan contemporánea!” (A R. le pareció que decir  “tan contemporánea” era como decir que alguien está “un poco embarazada”).
F. no podía parar de sonreír. Su sueño se hacía realidad. Volvía a engañarlos a todos, pero esta vez sin ninguna maestra de cuarto que la delate.
El evento de mierda de presentación se desarrollaba sin problemas.
Hasta que a eso de las 8 (cuatro, cinco, seis, siete, ocho, imposible escaparse de la correlatividad, ni de la realidad, ni lo intentó) R. tomó la palabra:
- Estimados todos, los molesto para hacerles una pequeña aclaración con respecto a la artista y su obra…
F. tragó saliva y lo miró con cara de “tené cuidado con lo que decís o te reviento”. Solo por esa mirada, R. tuvo una súbita erección. Pese a ello, continuó:
- El libro que hoy presenta mi señora esposa fue comprado a una blogger hippie, yo mismo me encargué de la transacción, así como también de inventar una trayectoria ficticia en la ficticia carrera de mi mujer y hacerlos partícipes a todos ustedes de esta mentira. Les pido disculpas.
Al principio hubo un silencio largo largo, con algunas risitas de algún desubicado de fondo.  A  destiempo, porque después de esos minutos eternos (sobre todo para F.), la risa fue general.
Por supuesto que nadie lo creía posible. Ni comprobable. Ni importante, de más está decir. Los canapés estaban excelentes y el champagne helado. Además, todos coincidían en que “esos temas de derechos de autor son complicadísimos, te metés en un juicio y andá a saber cuándo termina”. Y que “más vale un hippie en El Bolsón que cien volando”.
La velada terminó como había empezado. Excepto para F. y ,sobre todo, para R.

Como lo urgente no puede esperar más de dos o tres horas (no confundir urgencia con emergencia), F. dio a R, la orden de abandonar el hogar conyugal antes de la medianoche “o la carroza se te hace calabaza”. R. no entendió muy bien la amenaza, pero entendió que era una amenaza, y éste fue motivo suficiente para hacer las valijas con gran dolor de huevos (literalmente, recordemos el fetiche de R. e imaginemos el humor de F.).
Cuando fue a despedirse, R. recordó su última ficha, su última oportunidad:
- ¿No te interesa saber por qué te elegí como esposa?
- La verdad que no…Además yo te elegí a vos.
- Si, ya sé, pero cuando pensaba que te estaba eligiendo, había ciertas razones….¿no te interesa ni un poco conocerlas?
- La verdad que no…
- Te elegí porque sos hija de un padre rico, porque eras una solterona, porque estás relacionada indirectamente al ambiente artístico y porque eras una artista frustrada…igual que yo.
“Eras”. El “eras” de la frase dejó estupefacta a F. No el “eras” solterona, ¡obviamente que había dejado de serlo!. Sino el “eras” una artista frustrada. ¿Y si acaso ese hombre le estaba realmente entregando su fama?, ¿si viendo fracasada su estrategia de justiciero le cedía el lugar?, ¿si el resurgir de su talento se lo debía a ella, y como una ofrenda para los dioses se lo donaba?
Ninguna de todas estas era la (pregunta)respuesta correcta, pero a F. le cerraron bastante los círculos. Pensó: ¿quién sino él había conocido sus miserias humanas tan de cerca?, ¿quién sabría orientarla mejor que él en su (extensa)incipiente carrera? Y no olvidemos que gracias a él había descubierto el sexo, y no estaba nada mal practicarlo de vez en cuando.
- Acepto – Rió R., sin necesidad de escuchar la propuesta.

R. murió joven, víctima de una corta pero fulminante enfermedad. A su entierro concurrieron familiares de su esposa y seguidores de la primera hora de la novela, devenida “de culto”.  De alguna manera, seguidores de la obra que él mismo había inventado. Pero quienes amaron dicha obra nunca, ni el día de su entierro, estuvieron dispuestos a reconocerlo como el autor.